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domingo, 2 de febrero de 2020

La civilización en la mirada,Mary Beard

La cibilización en la mirada (portada)


La civilización en la mirada
Mary Beard
Crítica, 2019, 256 pp.

Una reflexión de la historiadora Mary Beard sobre el concepto de civilización a la que define como “el conjunto de imágenes compartidas colectivamente”

Ana Alejandre

Los libros de esta especialista en historia, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2016, no dejan nunca indiferente, ya que aúna siempre el rigor, la exhaustiva documentación y el análisis certero, pero desde la más absoluta amenidad y lenguaje claro y dirigido a todo tipo de lectores, sin usar el lenguaje críptico de los especialistas en dicha materia. Esta nueva obra de quien ha hecho de la investigación y divulgación histórica no solo una profesión, sino una pasión, nos demuestra que Mary Beard enseña, explica y razona sobre los enigmas de la historia antigua sin renunciar a la diversión de los lectores que siempre consigue.

Mary Beard, es miembro de la Academia Británica y catedrática de Clásicas de Cambridge, y una de las mayores especialistas en la Antigüedad grecorromana. Otras obras publicadas son El triunfo romano (2008); Pompeya (2009), La herencia viva de los clásicos (2013) o SPQR. Una historia de la antigua Roma (2016), todas ellas han tenido una excelente acogida de crítica y público.

En “La civilización en la mirada”, obra ensayística que es un compendio del contenido de la serie documental que la propia autora dirige en la cadena televisiva británica BBC, intenta analizar la cuestión del concepto de civilización, y Beard sostiene la afirmación que da título a la obra, pues afirma que: “Toda civilización se configura en torno a unas imágenes compartidas colectivamente”.

En esta nueva obra, su autora, intenta de nuevo analizar, razonar y explicar, lejos del dogmático mundo académico y su oscuro lenguaje solo apropiado para los iniciados, invitando al lector a que reflexione sobre las cuestiones expuestas y que él mismo saque sus propias conclusiones y elija aquellas hipótesis, posibles explicaciones y respuestas a las muchas preguntas suscitadas que se plantean en esta interesantísima obra

Esto conlleva dos vías de estudio y análisis por parte de la historiadora. Por una parte, analiza las diferentes visiones de la figura humana a través del tiempo y de las diferentes culturas; y, en segundo lugar, profundiza en la cuestión de cómo han representado el concepto de lo divino las diversas religiones y los problemas que ello representa.

En referencia a la representación del cuerpo humano, que fueron las primeras creaciones artísticas de la Humanidad y en la que se intentaban los seres humanos plasmar a sí mismos, este interés por la imagen humana y su representación era el inicio del culto al cuerpo, desde que los humanos fueron conscientes de su propia apariencia, tan diferente a los otros seres vivos que los rodeaban.

Pero lo importante para la autora en este estudio, es el propio observador y el contexto en el que se encuentra. Por ello, es consciente del gran papel que la Grecia clásica tuvo para formar y definir la manera occidental de mirar, lo que puede llevar a distorsionar la forma de ver y entender a otras civilizaciones ajenas al mundo clásico griego. Esto significa que aceptaremos ciertos principios estéticos de unas culturas y de otras no. Nuestra influencia del mundo clásico nos hará aceptar o rechazar según que imágenes, conceptos de belleza y cánones artísticos que se adapten mejor a nuestra propio gusto y cultura estética y rechazaremos otros.

Los griegos intentaron plasmar la imagen ideal masculina en multitud de estatuas repartidas por todas las vías públicas. El cuerpo masculino siempre se representaba como el de un joven, hermoso y atlético. Esa perfección física parecía garantizar la virtud moral. Así lo físico tenía la supremacía sobre lo moral, porque nada que no fuera hermoso, armónico, podría ser bueno. Así se cosificaba a la persona, definiéndola en la virtud por su aspecto físico. Los que eran viejos, gordos, feos, tullidos o poco agraciados eran ridiculizados por su aspecto, porque la imagen era más importante que las virtudes morales o intelectuales por sí solas de la persona en cuestión.

También, los griegos usaron el cuerpo humano no solo con fines estéticos, sino también aleccionadores, en cuanto al comportamiento ideal de los ciudadanos. Por ello, no sólo las estatuas representaban el concepto ideal de la imagen física, sino que en la cerámica griega se encuentran imágenes de mujeres junto a sus hijos y una cesta, como imagen ideal de la función de la mujer y de la imagen de la buena esposa; o de hombres que, después de beber alcohol, tienen conductas ridículas y poco adecuadas, como advirtiendo de los peligros del abuso de las bebidas alcohólicas.

Beard también estudia otras culturas desde un punto de vista que excede al puramente artístico. Toma como ejemplo a los guerreros de terracota, pero no en cuanto a su imagen estético, sino como meros símbolos del poder imperial, y, también, a las cabezas gigantes olmecas que analiza en su significado simbólico.

El tema de la iconoclasia es, también, tratado por esta singular historiadora. Advierte que cuando la religión y el arte se cruzan, siempre surgen problemas y paradojas difíciles de resolver. Para ello hace hincapié de que una obra que ha sido atacada por cualquier causa puede llegar a tener una mayor relevancia o notoriedad que en su anterior etapa. Afirma por ello, que la barbarie de una persona es la civilización de otra, a modo de defensa. La destrucción de imágenes religiosas es el lado opuesto, según afirma la autora, de lo que llamamos idolatría. Apunta los peligros que conllevan la vanidad y el deseo de ostentación que son siempre el principio de la idolatría, o veneración de imágenes e ídolos, problema que afecta al mundo entero y resalta, especialmente, la España católica.

En cuanto a la representación de Dios, todas las religiones han confrontado su forma de plasmar la imagen divina, con mayor o menor virulencia. Ello las ha llevado a buscar distintas maneras de plasmarla, desde las formas más exquisitas y sutiles, hasta las misteriosas o crípticas, pasando por las más ineptas.

Este libro es una obra de reflexión y ensayo que es muy recomendable a quienes les guste la historia y quiera ahondar más en nuestra propia cultura y, comprender a otras distintas que tienen diferentes valores estéticos y conceptos artísticos, pero de las que podemos aprender mucho si comprendemos que, como dice la autora: “Toda civilización se configura en torno a unas imágenes compartidas colectivamente”.

Si aprendemos a mirar de forma más comprensiva a lo ajeno y menos exclusivista, sin rechazar a lo que está fuera de nuestros conceptos artísticos y culturales, quizás comenzaremos a entender y valorar la gran diversidad, riqueza y sabiduría que existen en otras culturas ajenas a la nuestra, que conforman lo que llamamos mundo.